Con Texto Redacción/ Fotos: cortesía Ministerio de Turismo de la República Dominicana
Fundada en 1498, Santo Domingo es la ciudad más antigua del Nuevo Mundo y el primer gran núcleo urbano de América. Aquí, entre calles empedradas repletas de flores y colores, se construyó la primera catedral, la primera calle y la primera fortaleza del continente. Pero además de sentirse como un museo al aire libre que resguarda siglos de historia, la capital dominicana vibra con una energía contemporánea y un presente creativo que no olvida sus raíces.
Para disfrutar la ciudad al máximo, nada mejor que dejarse llevar durante un día completo por sus contrastes. Esta es una manera (no la única) de recorrerla en 24 horas y descubrir por qué la Primada de América continúa sorprendiendo a todos aquellos que la visitan.
8:00 a.m. - Historia, café y primeras luces
El día comienza en la Ciudad Colonial, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, donde cada piedra cuenta una historia. Aquí, el plan perfecto es dejarte llevar y recorrer (o perderte) entre sus pasajes después de un buen café dominicano para despertar. Entre fachadas de coralina, balcones de hierro forjado y plazas que amanecen bajo una luz dorada, pasear por la primera calle del continente, Las Damas, es sumergirse en cinco siglos de tradición que siguen marcando el pulso de la capital.
Antes de continuar el recorrido, vale la pena hacer una pausa. Para desayunar, Las Casas del XVI ofrece una experiencia única en patios coloniales o en el elegante interior de una de las casas del hotel, con pan artesanal, productos autóctonos y frutas de temporada. Si buscas más arrancar al estilo local, un desayuno tradicional con mofongo o mangú frente a una terraza histórica es la mejor forma de saborear la ciudad desde temprano.
Con energía renovada, el siguiente paso es visitar sus grandes símbolos. La Catedral Primada de América, sobria y majestuosa, resguarda siglos de arte sacro entre bóvedas de piedra y luz tenue. A pocos pasos, el Alcázar de Colón, antigua residencia de Diego Colón, revela salones que evocan la vida virreinal del siglo XVI. Más adelante, la Fortaleza Ozama, ofrece desde sus murallas una vista privilegiada del río y recuerda el papel estratégico de la ciudad en los primeros años del Nuevo Mundo.





